Amar también es dejar en libertad

13 febrero, 2017, In: Mujeres
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Reconocer el momento justo en el que tu relación amorosa ha llegado a su fin, pareciera un acertijo. Comprenderlo y sobretodo aceptarlo son palabras que simplemente no caben en esa ola de emociones entre recuerdos, sentimientos, risas, enojos, llanto y el desapego.

Una gran mayoría de las relaciones interpersonales o noviazgos (como prefieran llamarle), sobreviven no sólo por amor sino por el miedo al desamor y a la soledad. Desprenderse de una persona de la que estás enamorado no es cosa fácil, sin embargo esas rupturas llevan consigo algún tipo de rencor, engaños o simple indiferencia. Lo realmente complicado sucede cuando no existe de forma clara algún detonante para separarse de esa persona.

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Todo parece “funcionar” con cierta normalidad. Hay momentos buenos y malos, tenemos nuestras diferencias y afinidades, como en cualquier relación­. La problemática deviene cuando la convivencia se torna mecanizada, es decir ya no comparten o conviven, sólo cohabitan. Los aprendizajes y las aventuras en conjunto, así como la complicidad, la admiración y los pequeños detalles se han debilitado como quien corre un maratón en el que sólo da vueltas cíclicas sin encontrar la meta.

El desgaste de energía, los desbalances emocionales y los cambios repentinos de humor, son cosa de diario. Una relación deja de ser sana cuando ya no existe un crecimiento en conjunto, nos olvidamos de ser pareja y acabamos convirtiéndonos en contendientes. Empezamos a permanecer planos, a dar tumbos sin ir a ningún lado.

Más que estar conectados el uno con el otro, estamos tan automatizados y familiarizados que sabemos a la perfección a dónde llevará cualquier acto, palabra o gesto y no obstante seguimos presionando, estirando cada parte de esa liga desgastada que lejos de reventar sólo se destensa hasta ir perdiendo las cualidades propias de su naturaleza. De este modo sólo estamos alargando el momento de partida, pretendiendo que aún puede regresar a su forma natural. Empezamos a vivir de los viejos y bonitos recuerdos, añorando que algún día la relación se vuelque sobre ellos.

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Lo que resulta aún más preocupante y dañino es que los viajes al pasado o los momentos en que parece volver a florecer la relación, son sólo pasos en retroceso. Pues cuando algo se ha resquebrajado, por más que tratemos de unirlo, siempre habrá partes inservibles o perdidas, y recuperarlas o hacer que funcionen de la misma forma que antes es prácticamente imposible.

Ya lo diría el sociólogo Zygmunt Bauman,

 “El arte de romper relaciones y salir ileso de ellas supera ampliamente el arte de componer relaciones”.

Tanto el hecho de perder a la persona —que no sólo amamos, sino que además era el ejemplo claro de todo aquello que idealizamos como pareja “ideal”—, así como la idea de experimentar la soltería, la soledad y retomar de nuevo el rumbo de una vida en pareja, son los principales miedos que nos llevan al sufrimiento. Pero al final qué es mejor ¿permanecer en el recuerdo o crecer en el olvido?

Buscar explicaciones lógicas de primer momento, no servirá. Lo más importante es comprender que no se ha perdido el amor, sino que la relación se ha transformado, ambos han cambiado. Cada uno desde su perspectiva espera que alguno de los dos se atreva a dar el paso, que alguien sea quien tome la decisión y asuma el mayor peso de la culpa.

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Cuando se ha llegado a este punto, es mejor dejar partir aquello que ya no es parte de nosotros, antes de que cualquier situación termine por reemplazar aquel amor por odio, antes de que los maravillosos recuerdos sean transformados en malas experiencias.

Permite que algo nuevo entre a tu vida, da la oportunidad de que cada uno se sienta con la libertad de elegir su propio camino. No significa borrar lo sucedido, ni mucho menos a esa persona que sin duda será una parte esencial de nuestro ser, alguien que recordaremos hasta el último día de nuestra vida. Se trata de estar en paz con uno mismo.

 

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